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  • Maria Urieta G.

MI EXPERIENCIA CON LA ANSIEDAD III

Cuando nos enfrentamos a una enfermedad como el cáncer, el primer pensamiento que nos invade, es el miedo. A lo que vendrá. Y, aunque todos sabemos, por amigos o familiares, que esta enfermedad es dura, no llegas a comprender la dureza de la misma hasta que no la vives.

Llegué a mi pueblo natal. Semana Santa 2016. Mi madre, con un cáncer que estaba matándola por dentro, no dejaba de aparentar tranquilidad y sosiego. El dolor en el que vivía, debería ser inaceptable. Pero ella, lejos de mostrar debilidad y miedo, se hizo más fuerte.

Por aquel entonces, mi ansiedad estaba más o menos controlada, pero ahora la vida iba a darme una H**** con la mano abierta.

Tras su diagnóstico, mi decisión fue clara. Quería volver al pueblo y cuidar de ella. Nuestras madres al fin y al cabo, siempre han estado en los peores momentos. Cuando somos pequeños y tenemos fiebre, siempre son las primeras en prepararnos un puchero o darnos el famoso Dalsi cada 8 horas. Y, aunque muchas veces, nosotros los hijos les causemos un mal de cabeza, todo lo olvidan cuando las necesitamos. Están y estarán para todo lo que necesitemos. En las buenas, y en las malas. Y yo, no iba a seguir mi vida sabiendo que ella me necesitaba a su lado. Mi decisión fue clara. Le quería devolver todo lo que ella me había dado.

Ese cambio fue duro. Empiezas vivir con la enfermedad, te entregas a la persona que está enferma, ves cómo avanza rápidamente su deterioro físico y mental; pero tú, aunque te joda, no puedes hacer nada para evitarlo. Sólo tienes que aceptarlo. Aceptar que la enfermedad acabará con ella, y no hay tratamiento que pueda impedirlo. Impotencia. Vives con impotencia cada día. Y vivir de esa manera te rompe.

Desde abril hasta septiembre, viví aparentando que todo estaba bien. Lloraba por las noches para que ella no me viera. Cocinaba las comidas que más le gustaban. Le daba los masajes que necesitaba... Estaba entregada a ella. Y como yo, muchos de mi familia, especialmente mi padre. Quien sacó una fuerza admirable... En definitiva, todos y cada uno de nosotros estábamos sufriendo, pero siempre en silencio.

En esos momentos, te empiezas a tragar todos y cada uno de los sentimientos que te atormentan. Tienes que fingir que todo está bien. Aparentar que estás a salvo aunque el barco se esté hundiendo. Algo que mentalmente me marcó profundamente.


Lidiar con el dolor y el deterioro de esta enfermedad, hizo que viviera en una situación de alerta constante. Mi ansiedad se disparó. No dormía. Comía poco y mal. Y tenía una tristeza interior que cada día era más intensa, y me estaba consumiendo por dentro.

En agosto del 2016 su salud era crítica. Y a finales de mes, su ingreso en el Hospital de Huesca, ya anunciaba que esto iba a acabar. Acudimos junto con toda mi familia a despedirnos. Después, le sedaron. Y tras más de cinco días... Falleció el 5 de Septiembre.

Cuatro meses intensos, llenos de emociones inexplicables. Malos momentos. Pero siempre me acordaré de la naturalidad con la que mi madre asumió su final.

La muerte de mi madre quebró cada uno de mis órganos. Estaba perdida. Pero poco a poco empecé a salir de ese hoyo en el que estaba sumida, y aprendí la mayor lección de vida que no hubiera aprendido de otra forma. Nacemos, y desde que nacemos, somos conscientes que la muerte nos va a llegar tarde o temprano. La muerte es tan real como la vida, sino hay muerte, no hay vida. No tenemos que tenerle miedo. Tenemos que temer llegar a morir sin haber vivido.


Pero no os voy a engañar. Fue la peor época de mi vida. Había perdido a la persona que me había dado la vida en a penas cuatro meses. El duelo junto con el problema que arrastraba de ansiedad, me llevó a un desequilibrio mental del que fue difícil salir.


Es complicado de explicar, pero cuando pierdes a alguien tan cercano, tu cabeza sólo le da vueltas a miles de preguntas que no sirven para nada. Tales como, ¿Y qué hago yo ahora? ¿Podría haberla ayudado antes? ¿Podría haberla cuidado mejor?... Pero sinceramente, todas esas dudas lo único que van a hacer, es joderte más. Echan vinagre a la herida. Y acaba escociendo de manera impensable.


Mi familia me ayudó con eso. Me dí cuenta de que lo único que necesitaba era abrirme. Desalojar todos los malos pensamientos que estaban echando raíces dentro de mi. Y si, no nos engañemos, si seguimos retroalimentando pensamientos negativos, al final vivimos con negatividad. ¿Y quién quiere una vida negativa? Yo desde luego, no.


A los pocos meses, empecé a mejorar. Volví a estudiar de nuevo, y retomé los hobbies que hacía tiempo no practicaba. Volví a leer, escribir, e incluso hice dos cursos de escritura. Estaba retomando, con ayuda de mi familia y mi terapeuta de Salamanca -Volví a hacer terapia a través de Skype-, mi vida. Ya no lo veía todo tan negro. No tenía tanta tristeza acumulada. Empecé a vivir de nuevo...


Esa mejoría vino determinada por varios factores. Hablar de lo que me estaba pasando me ayudó en gran medida. Muchas veces, nos negamos a asumir que tenemos miles de pensamientos que nos acorralan, y cada día que pasa, esos pensamientos van manejando nuestra vida. Para deshacernos de ellos, tenemos que expresarlos. Cualquier manera vale, escribir, hablar o gritar. Haz lo que creas más conveniente para ti. Pero nunca intentes enterrar algo que te esta quemando por dentro. Nunca. Por que te harás más daño, y lo digo por experiencia.


Por aquel entonces, ya había asumido que mi madre se había ido. Acepté su muerte. Y valoré las grandes lecciones que había aprendido de esa enfermedad. Cambié la forma de ver las cosas. Entendí que las personas se van, es normal. No tenemos que estar tristes -aunque si, es inevitable- por perder a alguien, tenemos que alegrarnos de todo lo que hemos podido vivir junto a esa persona. Asumir que lo único que tenemos cada uno de nosotros, es el presente. Aprovecharlo con cada una de las personas que queréis, y sobre todo hacedles saber que les queréis, que nunca está de más.


Crecí como persona. Maduré rápidamente. Dejé de lamentarme de los estúpidos problemas que tenemos en nuestra vida. Y empecé a vivir cada día en el presente, disfrutando de mi familia y amigos. Me sentía agradecida de tener un techo, comida, y apoyo a mi lado. Y mis fuerzas empezaron a brotar de nuevo, quería comerme el mundo...


Pero la muerte... siempre llama dos veces... y poco tiempo después, tuve que afrontar otro duelo...

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