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  • Maria Urieta G.

MI EXPERIENCIA CON LA ANSIEDAD IV

Muchas veces, cuando sufrimos la pérdida de un ser querido, parte de nosotros se va con esa persona. Empiezas a recordar momentos que tienes grabados en tu memoria, y deseas una y otra vez volver a vivir ese instante. Olores, sensaciones, o situaciones concretas que viviste a su lado.

Sabía que no volvería a abrazar a mi madre. Tampoco iba a sentir sus caricias. Ni si quiera su voz. Pero en mi cabeza estaba viva.

El mejor recuerdo que tengo de ella, es cuando estaba preparada para marcharse. Tengo la imagen de verla a ella, tumbada en la cama de hospital que teníamos en nuestro salón. Cosiendo, tejiendo, o creando muñecas al punto de cruz. Siempre relajada. Quizá más distante de lo normal, pero sin mostrar el terror que guardaba entre sus entrañas.


Lo más complicado es deshacerte de esas imágenes. Cuando pasaron un par de días y bajaba al salón, a veces, inconscientemente, esperaba encontrármela tejiendo. También le llamaba. Gritaba: ¡Mamá! cuando algo no sabía donde estaba. Pero no, no venía. Aunque mi memoria todavía no se había acostumbrado a su ausencia.

Es difícil deshacerte de esos hábitos. Y duele. Duele tener que deshacerte de ellos a la fuerza. Duele querer llamarla y no poder...


Pero el tiempo nos va acostumbrando a la herida. Nos cierra cicatrices. Borra recuerdos y costumbres. Y al final, cuando ciertamente lo has superado, sólo te aferras a los bonitos recuerdos que compartiste. Ya no lloras cuando escuchas su nombre. Ya no gritas sobre la almohada del dolor que llevas dentro. Lo asumes.


Toma tiempo superar una muerte. Y yo, tras varios meses mejorando después de haber estado en mis peores momentos, empecé a sonreír cuando la recordaba. Podía hablar sobre ella sin que las lágrimas me brotasen. Compartía anécdotas sin sentirme abandonada. Podía volver a vivir sin ella.

Pero la vida, no nos pone sólo un obstáculo. A veces nos pone dos seguidos. Y tras varios meses de mejoría, volvió otra H*****.


Un domingo de primavera, como todos los días, acudía a comer a casa de mi abuelo. Donde mi tía -admirable persona-, nos hacía la comida. Por aquel entonces, ella nos estaba ayudando en todo lo posible. Se entregó a nosotros. Estuvo ahí en todo momento -algo que le voy a agradecer toda mi vida-, y a mi personalmente, me ayudó como nadie me había ayudado nunca.

Ese domingo, llegamos mi padre y yo primeros. El abuelo no estaba en el comedor. Mi miedo interno me decía que algo iba mal, pero no quería hacerle frente. En esos momentos, te aferras a cualquier cosa, con tal de no aceptar lo que esta pasando.

Abrimos la puerta de la habitación contigua, y yacía sin vida. Mi instinto me gritaba que tenía que llamar a la ambulancia. Tenía miedo de volver a ver a la muerte de frente. Estaba temblando. Pero ahí estaba otra vez. En mi casa. En mi familia. Y ya no podía hacer nada para evitarlo.

Los días que vinieron después fueron duros. Más si cabe. Pero no sólo por el echo de perder a mi abuelo. Sino porque sentí cómo mi herida se empezó a hacer más profunda. No llegué a tener la herida cerrada, y ya estaba volviendo a crecer. Reviví lo mismo que reviví con mi madre. Tanatorio. Funeral. Entierro... Y está claro que, después de dos muertes en menos de un año, mi mente empezara a perder el equilibrio.


Mi familia estaba más destruida. Ya no era afrontar una pérdida. Era afrontar dos. Seguidas. Por que la vida, quería hacernos fuertes.


Los duelos son difíciles, pero tenemos que aprender de ellos. Tal y como dije en el anterior post, aprendí mucho tras la muerte de mi madre. Pero tras superar la de mi abuelo, me hice de hierro.

Me costó mucho volver a hacer vida normal. Tenía dos muertes que superar y una vida con la que me sentía vacía. Empecé de nuevo con mi terapia, y poco a poco, tras muchas subidas y bajadas, emocionalmente estaba más estable.


Pocos meses después, pensaba que mi vida era miserable. No tenía a mi madre. Tenía que encargarme de la casa, -ahí es cuando realmente valoré la carga que las madres tienen-, y aprobar los exámenes. Mi pueblo natal, tiene temporadas muy activas, y otras muy bajas, lo que me causó un aburrimiento que lo empecé a llenar con libros y escritura -también sufrí lo que se llama ansiedad con la comida-. Pero aun así, tenía un vacío por dentro. Tenía sueños, metas, objetivos, y cada día que pasaba me frustraba más y más.


Aquí hago un paréntesis. Con esto quiero decir que, tras haber vivido en la ciudad y viendo todas las oportunidades que hay ahí fuera -tanto de ocio como profesionales- quería encontrar mi camino. Amo mi pueblo natal. Y siempre voy a volver. Pero mis metas y mis objetivos estaban ahí fuera. Quería saber qué es vivir en otro país, aprender otro idioma, conocer gente nueva y lo más importante para mi, encontrar mi destino. Y siendo honestos, las oportunidades que me ofrecía en ese momento mi pueblo natal. Eran limitadas. Pero yo, siempre me he querido comer el mundo...


Así que tras mucho pensarlo, decidí actuar. Llevaba mucho tiempo queriendo irme al extranjero, pero me daba miedo. Tras superar los dos duelos, decidí que era hora de salir. Quería crecer tanto como persona como profesional. Y si no lo hacía en ese momento, luego me arrepentiría.


Trabajé para tener dinero ahorrado y poder mantenerme cierto tiempo. Hablé con mi padre sobre la idea que tenía en mente. Me apoyó. Encontramos un curso de inglés económico en Inglaterra... y en septiembre volé a Londres para empezar mi nueva vida. Donde he tenido experiencias de todos los tipos. He conocido gente de diferentes culturas y religiones. He aprendido a manejar mis emociones y a controlar mis pensamientos de una manera que nunca pensé que haría. He crecido como no lo hubiera hecho nunca en otro sitio. Tengo un trabajo que me apasiona, una relación con una maravillosa persona, y siento cada día que me levanto, que soy la persona más afortunada del mundo por tener lo que tengo.


He cambiado de sentirme vacía y apagada, a querer comerme el mundo cada día pase lo que pase.


Y si yo he podido tras todo lo que he sufrido, cualquier persona en este mundo puede hacerlo también. Pero lo más importante, es querer...



Y si tú quieres, puedes.






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